PABLO GIL MORALES

Blog sobre educación, cultura y ocio deportivos

Nieva en Benaocaz (Enero, 2010)

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ÍNDICE

  • 048.- Ejercicios sobre conflictos
  • 047.- Un problema deportivo, una reflexión y una posible solución
  • 046.- ACTIVIDAD: Diseño de un examen tipo test
  • 045.- Evaluación en el módulo profesional ANIMACIÓN Y DINÁMICA DE GRUPOS (2010-11)
  • 044.- Senderismo en la Sierra de Cádiz: Por los Puertos del Endrinal y las Presillas
  • 043.- Ejercicio sobre la Economía de Fichas
  • 042.- Ejercicios sobre los ROLES EN UN GRUPO
  • 041.- Ejercicio sobre las MOTIVACIONES DEPORTIVAS.
  • 040.- Problemas sobre sociología deportiva (trabajo por parejas)
  • 039.- Prensa deportiva femenina: información sobre la mujer y la prensa deportiva (año 2009).
  • 038.- Capítulo cero: EL ESTUDIANTE EFICAZ
  • 037.- Actividad: ESTUDIO DE LAS INSTALACIONES DEPORTIVAS DE UN CENTRO
  • 036.- Ejercicio sobre diseño de una actividad
  • 035.- ¿Nos examinamos? Ensayo de una prueba tipo tema (exposición escrita).
  • 034.- ¿Nos examinamos? Ensayo de prueba tipo test (elección de respuesta).
  • 033.- Deporte y psicología: los mecanismos de defensa del Yo.
  • 032.- ¿Sirve el título de TAFAD para ejercer de socorrista en piscinas?
  • 031.- El atleta Bruce Springsteen
  • 030.- Número de televisores en los hogares españoles
  • 029.- Datos actualizados sobre los hábitos deportivos de los españoles
  • 028.- Reparto del dinero de la quiniela
  • 027.- DINÁMICA DE GRUPOS: una práctica de "discusión dirigida"
  • 026.- Contenidos del Módulo Profesional ANIMACIÓN Y DINÁMICA DE GRUPOS
  • 025.- Objetivos del Módulo Profesional ANIMACIÓN Y DINÁMICA DE GRUPOS
  • 024.- Senderismo en Cádiz: el cerro Coros.
  • 023.- ¿Es verdad que Rafael Azcona no existe?
  • 022.- Senderismo en Cádiz: calzada romana de Benaocaz a Ubrique.
  • 021.- Senderismo en Cádiz: Benaocaz-Aguas nuevas-Calzada romana-Benaocaz.
  • 020.- Un puzzle premiado: una experiencia educativa con el estilo puzle de enseñanza
  • 019.- Senderismo en Cádiz: el río Majaceite (de Benamahoma a El Bosque).
  • 018.- Una práctica de relajación con alumnos de ESO
  • 017.- Ejercicios sobre la película "Su deporte favorito" (Howard Hawks, 1964)
  • 016.- La evaluación del estudiante en el Módulo Profesional de ANIMACIÓN Y DINÁMICA DE GRUPOS
  • 015.- CINE DEPORTIVO: El mejor
  • 014.- Senderismo en Cádiz: Travesía del Pinsapar
  • 013.- El deporte como hecho educativo
  • 012.- Para comprender "EL ORIGEN DEPORTIVO DEL ESTADO"
  • 011.- CINE DEPORTIVO: Ejercicio sobre la película "Toro salvaje"
  • 010.- La información deportiva y la mujer (año 2004)
  • 009.- Una investigación cualitativa sobre tres libros de texto escritos por los propios profesores que imparten las clases
  • 008.- Sobre las diferencias y parecidos entre el deporte moderno y el practicado en la antigüedad
  • 007.- Aprendizaje: un ejercicio sobre "el pasaje de la magdalena"
  • 006.- Textos en el T.A.F.A.D.
  • 005.- CINE EDUCATIVO: Billy Elliot
  • 004.- CINE EDUCATIVO: Dos cabalgan juntos
  • 003.- CINE EDUCATIVO: La versión Browning
  • 002.- Senderismo en Cádiz: Boyar-Salto del cabrero-Benaocaz
  • 001.- Senderismo en Cádiz: Villaluenga-Llanos del republicano

023.- ¿Es verdad que Rafael Azcona no existe?

Durante mis años de estudiante, viviendo aún en el hogar paterno, uno de los momentos de mayor placer que había conseguido establecer en mi rutina diaria era el de disfrutar de una sobremesa tranquila. Acompañado de algunos familiares –mis padres y algún que otro hermano– me sentaba cómodamente en una butaca –creo que adquirí durante algún tiempo el privilegio de gozar a esa hora de la misma butaca– y dormitaba un rato ante el televisor, lo mismo que hacía el resto de los presentes. Las emisiones televisivas a las que medio atendía mientras medio dormía fueron, como las propiedades del ácido sulfúrico, muchas y variadas: entrevistas, tertulias literarias, tertulias de actualidad, documentales sobre fauna y distintas telecomedias. Todas ellas, por aquellos años de tan sólo dos cadenas de televisión, ocupaban la franja horaria –entre las tres y media y las cinco de la tarde– que me había concedido para descansar de las clases matinales, antes de emprender una larga tarde de estudio que se extendería hasta la hora de cenar o poco antes.

Una de aquellas sobremesas, medio despierto y medio dormido, asistí al momento en que el gran director de cine D. Luis García Berlanga sentenciaba ante el gran Jesús Hermida: “Rafael Azcona no existe. Ya sabemos que cuando queremos firmar un guión lo hacemos diciendo que es de Azcona y de nosotros mismos.” Sorprendido por el hallazgo –mi cultura cinematográfica no daba para más–, jugué durante un tiempo con la romántica y genial idea de que nuestros cineastas tenían un gran sentido del humor, y que esta estrategia venía a dar respuesta al hecho de que no había rastro icónico de Azcona en ninguna de las fuentes que estaban a mi alcance. Cierto era que su nombre aparecía por doquier, pero su imagen no. ¡Qué magnífico chiste! Incluso su biografía se relataba en enciclopedias, lo que no era más que una extensión del chiste, ya que el “invento Azcona” era compartido por la Larousse y cuantas enciclopedias consultaba. La gracia estaba en que el tío incluso había ganado premios literarios y cinematográficos, como decían las enciclopedias aliadas de Berlanga y del resto de entendidos en el tema.

Convencido de mi argumentación, durante una temporada jugué con la idea de que, por la casualidad de haber estado atento al programa de Hermida (dicho programa se llamaba “De cerca”), ahora era poseedor-sabedor de un secreto complot de indudable ingenio. Tanto es así que, cuando algunas semanas después asistí al cineclub de la Casa de la Cultura para ver, bien “Los hermanos Marx en el Oeste”, bien “El hombre tranquilo” (en blanco y negro y con un doblaje que años después se denominó “neutro”) o alguna película polaca, al término de la proyección de turno y tras el breve debate que seguía, me sentí impelido a explorar el grado de cultura cinematográfica de los responsables del acto. Elegí a uno y, de forma privada –yo era muy joven, tendría veintipoquísimos años, y aun no me sentía con suficiente seguridad como para hablar en público–, lo asalté: “¿Es verdad que Rafael Azcona no existe?”. No puedo recordar la cara que puso el desconocido experto, pero sí recuerdo que su respuesta fue en el sentido de “Claro que existe, es un gran guionista y escritor.” A esta respuesta le acompañaría, a la fuerza, algún gesto o expresión de estupor o extrañeza ante mi propuesta. No insistí, y me retiré más convencido aún de la no existencia de Azcona, reforzado por el hecho de haber comprobado que el experto no lo era tanto ya que desconocía el gran secreto.

Pasaron los años. Terminé de estudiar, hice el servicio militar, gané unas oposiciones de funcionario, cambié de ciudad de residencia, me casé. Aunque seguía superficialmente interesado por el cine, la idea de la no existencia de Azcona persistía en mi cabeza. Bien entrado en la treintena, un cambio de destino en mi trabajo me proporcionó la ocasión de conocer a nueva gente y de llegar a desarrollar amistades también nuevas. Uno de mis nuevos amigos era un entendido en cine, y al poco de tener cierta confianza con él me sentí obligado a explorar su profundo conocimiento sobre el tema. Le lancé la consabida pregunta: “¿Es verdad que Rafael Azcona no existe?”. Mi amigo se quedó de piedra. Su rostro reflejaba extrañeza y desconcierto. Recuerdo que me contestó. “Claro que existe. Claro que sí. Azcona no es asiduo de los medios, pero… No sale apenas, pero… Oye, ¿tú no serás el mismo que me hizo esta pregunta en el cineclub de la Casa de la Cultura hace diez o quince años?”

Efectivamente. Había olvidado por completo al experto desconocido de entonces y no lo reconocí en mi ahora experto amigo. Las risas por la casualidad, junto a la pintoresca pregunta nos proporcionaron mucho goce. Pensé que la anécdota de nuestro primer encuentro era el comienzo de un círculo que sólo ahora se cerraba. Por supuesto, mi amigo me detalló que él sí había visto fotos de Azcona, e incluso creo que me dijo que lo había llegado a ver con ocasión de un festival de cine. Le expliqué el origen de mi duda, y no le dio ninguna importancia. Si bien no llegó a convencerme del todo, el caso es que no volví a insistir –creo que a nadie más– sobre el asunto.

Han vuelto a pasar más años. Mi amigo y yo nos distanciamos. Nuestras vidas se han separado porque es muy difícil no equivocarse en los laberintos que las componen. Mientras tanto, un día descubro a Azcona en la televisión. Se derrumba definitivamente mi idea. El rostro de Azcona, su voz, su discurso… son auténticos; su sentido del humor, admirable; como el de su amigo Berlanga, que bien me supo engañar. Azcona, incluso, salía en alguna de sus películas.

Ya es hoy, y hace unos días que Azcona ha muerto. La televisión me ha regalado unas imágenes de Berlanga –en alguna gala de hace unos años– en las que se acordaba de su broma sobre la existencia de Azcona. Ahora se cierra un nuevo círculo, el de mi majadera confusión. Siento ganas de llamar a mi amigo para contárselo, pero me frenan el miedo y la vergüenza de la distancia, que parecen superar al deseo de comprobar que también él haya recordado estos días nuestra amistad; estos días en los que Rafael Azcona ha pasado a no existir para siempre.
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